La economía del desconfinamiento
Según datos entregados por la OIT, Latinoamérica es la región más golpeada por el desempleo durante la pandemia. Se estima que, a la fecha, marcamos la triste cifra de 41 millones de desempleados y se indica que, lamentablemente, Colombia bate el record regional con un 21,4% de personas paradas. Dando un rápido vistazo a la región, resulta alarmante constatar que otros países van por una senda similar a la colombiana. Podemos ver, por ejemplo, que Argentina registra un 10,4% de personas sin empleo, Chile, un 12,8%, Brasil, 13,9% y Perú, 16,3%.
Si queremos ver el vaso medio lleno, podríamos decir que estas cifras de desempleo, casi inéditas, responden a una pandemia y no a una guerra o a un desastre natural. Si se debiera es estos dos últimos fenómenos, la situación sería apocalíptica ya que, si bien, terminado el problema, hay una evidente curva ascendente de recuperación (al menos es eso lo que nos demuestra la historia), dicho crecimiento está marcado por un lento proceso de reconstrucción ya que, como sabemos, una guerra o un desastre natural, destruyen infraestructura productiva, lo que genera una gran barrera al crecimiento económico, en dos palabras: lo ralentiza.
La pandemia no ha destruido infraestructura alguna, por lo que podríamos suponer que, una vez superado el problema, sería cuestión de “retomar las posiciones que se abandonaron hace unos meses” y la maquinaria general de la economía se recuperaría a tasas de crecimiento muy aceleradas.
Sin embargo, un fenómeno subyacente, al que no le hemos prestado la atención debida y que es mucho más relevante y persistente en el tiempo que la pandemia propiamente tal, es que, a pesar del gigantesco aumento del desempleo, no se ha verificado un equivalente calo en la productividad. En pocas palabras, con menos gente trabajando, y en medio de una economía mundial deprimida, la productividad en general no ha disminuido de la misma forma o a la misma velocidad (lo ha hecho mucho más lentamente).
La pandemia ha hecho evidente que el mercado laboral se había vuelto ineficiente. El temor de que el teletrabajo nos haría menos productivos ha quedado totalmente desmentido, los prejuicios que aún quedaban respecto a las compras online han quedado casi completamente disipados, la desconfianza a la educación a distancia ha disminuido rápidamente y los ejemplos similares los podríamos multiplicar hasta el infinito. Todo lo anterior viene a confirmar lo que de manera muy lúcida nos advirtió Andrés Oppenheimer en su libro “Sálvese quien pueda”: la tecnología está destruyendo a velocidades inéditas, trabajo realizado por humanos.
Lo que estamos afirmando, siempre se había verificado en la historia. Los productores de velas se tuvieron que resignar a la luz eléctrica y el pintoresco personaje que a inicios del siglo pasado vendía hielo en las calles, desapareció con la invención de la nevera.
La novedad hoy es que la velocidad y alcance del fenómeno van más rápido que nuestra capacidad como especie de adaptarnos a tan brusca disminución de necesidad de mano de obra humana.
La pandemia, entonces, vino a abofetearnos a la cara sin ningún pudor. Nos vino a enrostrar que estábamos siendo ineficientes y que la tecnología podía reemplazar mucho más trabajo humano del que ya estaba reemplazando.
No nos queda más que acusar recibo de lo que estamos presenciado y ocuparnos de los dramas humanos que se avecinan (o que ya llegaron). Estamos siendo testigos de un cambio epocal inexorable y debemos subirnos a la ola del cambio, de lo contrario, se avecinan años sombríos.
No es nuestra intención deprimirlos o preocuparlos, simplemente queremos dar, por un lado, una señal de alarma, pero por otro, decir que Colombia es un país de emprendedores y de gente resiliente, capaz de darle la cara al cambio y adaptarse a las circunstancias y, por último, decir que la historia nos enseña que contra más duro nos golpea una situación en particular, más estamos dispuestos a enfrentar el problema y salir fortalecidos de él, y que, en otros cambios revolucionarios que la humanidad ha experimentado, más temprano que tarde, hemos resurgido y gozado tiempos mejores producto de las enseñanzas que nos han dejado las diversas crisis.
Escrito por: Rodrigo Barbagelata
Diseñador de Caminos en Racamandaka